Una historia rokhiana



La historia de la literatura nacional tiene un gran protagonista
: Pablo De Rokha (Licantén, 1894), una presencia vital y conflictiva en nuestras almas, y cuya obra a través de los años ha ido entregando conceptos estéticos y populares que vuelven a ser contingentes, y que anteriormente ya influyeron en otros lenguajes y voces, quedando sin embargo algunos a medio camino en su exploración.
Históricamente ninguneado e ignorado por su radical postura literaria, el poeta se parapetó en sus trincheras (“Multitud” y otras revistas) y estuvo más de 40 años resistiendo con su estilo, donde convivían una interesante búsqueda del lenguaje universal de América y la épica social americana, con extensos ensayos sobre el arte y comentarios sobre la literatura chilena.
En este último ámbito, uno de sus objetivos permanentes fue el crítico de El Mercurio, “Alone” (Díaz Arrieta), representante para De Rokha de un sistema literario antagónico, definitivamente en decadencia, en fragmentación, y del cual Neruda – para él – era su máximo exponente. Por eso fustigaba cuando podía a Alone, sobre todo por sus “aplausos de histérica” frente a la obra nerudiana, que como todos saben, fue combatida abiertamente por el poeta de Licantén prácticamente durante toda su vida.
Justamente, en el libro titulado “Neruda y yo”, Pablo De Rokha incluye una carta abierta a Alone, en la cual lo desafía a abordar su obra “con criterio de varón tranquilo y no de matón taimado”: “Le escribo a Ud., Alone, a plena conciencia de que lo estoy haciendo a una de las personas que más daño ha hecho a la literatura de Chile (…) Ud. ha frenado o tratado de frenar todo proceso de creación libre y ha lanzado el aplauso a la academia sin contenido ni dirección, a la jugada irresponsable de manejar las formas caducas saturándolas del manoseo literario de los compases y la rima usada, como un truco mágico (…) Ud. es el crítico tipo de la burguesía en decadencia, la misma aquella que entregó el salitre a North, arrastró al suicidio a Balmaceda (…) la oligarquía pro imperialista y cómplice del latifundio, victimaria y asesina de huasos, hombres de mar, rotos y héroes chilenos”.
El texto es muy contundente. De Rokha golpea duro y establece las bases de una fiera resistencia, valiente porque se enfrenta a esos enormes cercos comunicacionales que hasta hoy se levantan para hacer invisible o manipular lo “contestatario”, entendiendo aquello como el discurso que desde el arte se opone al poder en todas sus formas. El siguiente párrafo ilustra muy bien el tono que tiene este volumen, que constituye algo más que una diatriba anti-nerudiana: es la defensa estética y política de la obra de Pablo De Rokha:
“No se arranque, Ud., Alone, no se irrite caído de rodillas frente a lo que no entiende, porque es lo que hacía el salvaje, y así nacieron las religiones, Díaz Arrieta. Estudie y medite. Y cuando haya visto a las metáforas descansar en las metáforas y dar la imagen pura y neta de la realidad, cómo se construye y se destruye y se construye en espirales correlativas el gran programa metafórico hasta alcanzar la sublimidad categórica y el gran estilo popular, cómo lo hecho es la sociedad misma fijada y lograda como lenguaje, “Alone”, conspire contra la obra o aplauda. Corroído por los prejuicios de la erudición desconstruída, inerte como estante de tinterillo, uniformado y marcado con la máscara de “LA CULTURA” congestionada de los académicos, Ud., Díaz Arrieta, carece de horizonte popular y de libertad e ignora el proceso que engendra las formas heroicas de lo épico. Como su mundo es el mundo de los autores franceses de segundo orden y de los autores burgueses, Ud. es un tímido con complejo de inferioridad, que emite chistes para los adolescentes frustrados y quiere un arte de entretención superficial y periférica que no distraiga a los patrones más que su dominó y su pocker, a la hora señorial de los aperitivos, un arte medido por el buen tono de los “gentlemen” falsificados y las pecheras del frac de alquiler, un arte que no inquiete, que no socave, que no supere la personalidad “distinguida” y una poesía “pura” que agrade a la gente burguesa “con temperamento”. Por eso le gustaba tanto el Neruda “caballerito” de otrora y le fastidia el “arrotado” y “desgreñado” de hoy, que, además, cae en la demencia, pierde la astucia, cae en la sevicia y lo “populachero”. Y es que, por adentro, el siútico de arriba abajo que es Ud., Alone, se siente desenmascarado por el siútico de abajo arriba, que es Neruda, y los dos Cagliostros se contemplan en los negros espejos de la paralela y compartida simulación, con la rabia oscura de la pampirolada abierta. Destino de payasos”.
Una buena lección del episodio es que en los tiempos actuales, nosotros también debemos asumir nuestra posición frente a este antagonismo declarado hacia las formas culturales del poder. Al menos desde la poesía, hay que enfrentar a estos medios establecidos que comercian con el arte y la cultura, nuestros Alones contemporáneos, consumidores culturales con magisters y cursos eternos, pero despreciadores de lo que no entienden o no conocen, alimentadores de ese conservadurismo que se impone en el país a punta de mercuritos chicos (¡¿soy chile?!), repartidos por todas las regiones, como patroncitos de fundo dueños de radios llenas de rancheras y reggetón, donde critican las protestas sociales y piden mano dura frente a las demandas de una ciudadanía no representada por la democracia que ellos hicieron.
Esa construcción mercurial de la opinión pública es la que está quedando en el imaginario colectivo, lo cual es terrible, pues así van robando el alma fraterna que siempre ha caracterizado al pueblo chileno, poniendo al vecino y a los jóvenes como antagónicos y exacerbando el miedo social. Por eso otra lección importante del episodio rokhiano es el levantamiento de un aparato comunicacional que sustente y empuje la resistencia cultural a la ofensiva. Hoy más que nunca debemos hacer eso, agruparnos en torno a medios de comunicación alternativos como radios y televisión comunitarias, revistas, editoriales independientes y ferias libres, y difundir desde ahí nuestro discurso poético o artístico.
Ese sólo acto ya nos sitúa en el antagonismo del fetiche cultural mercurial, esas gumucias que nunca quedan mal con nadie y a las que no les complica recibir un sueldo de Edwards a pesar de su siniestro prontuario, todo mientras sus editores hacen el trabajo sucio y construyen las noticias para favorecer a todos sabemos quién. Esa máquina de prejuicios y condena social, ¿por qué debe ser validada por nosotros? ¿Por qué no desnudar su precaria institucionalidad, sus estrechos valores patrios y familiares, por qué no atacar a sus amargos críticos? Y siendo más específico aún, ¿por qué deben ellos validar nuestra poesía, nuestra cultura? ¿Por qué debemos creer, por ejemplo, que la Fundación Neruda es un referente válido en circunstancias que su existencia en sí misma es un robo al espíritu poético de Neruda, prestando su nombre para marcas de vino, chocolates y hoteles? ¿Por qué hay poetas que participan y se benefician aún sabiendo esto?
Podríamos seguir con las preguntas, pero mejor una buena respuesta como la que dio Nicanor Parra cuando comparó poesía y farándula, llamando a los poetas jóvenes a no esconder la cabeza como el avestruz y salir más allá de la farándula, “porque por algo existe”. “El hombre común y corriente lee farándula y se entretiene”. Claro, uno se pregunta, la contra-cultura pop ¿dónde está? Algo hay en el colectivo Iconoclasistas de Argentina, otro poco en México, algo en Chile, todo muy precario pero así y todo va creciendo, mutando, fluyendo. Y entre medio encontramos a este De Rokha y su llamado a la trinchera, predicando con el ejemplo de las revistas que fundó a lo largo de su vida, “Multitud”, “Dínamo”, “Numen”, donde se encontraba ese contra-discurso y se propagaba. Al final, me quedo con esa idea, con ese gesto de desprenderse del peso de la industria cultural y enfocarse en otras formas, en otros discursos, levantando antenas de radio que interfieran y molesten al discurso oficial, haciendo acción callejera a través de graffitis o papelógrafos que insulten la propaganda, o superando los estereotipos del consumo diario.
Recuerdo que en México, durante la campaña presidencial que terminó con la victoria por fraude del actual mandatario derechista Felipe Calderón, varios jóvenes voluntarios de izquierda salían al metro y al transporte público a informar a viva voz a los pasajeros sobre las mentiras informativas de Televisa y otros grandes canales de la televisión mexicana. No sé si esto cabe en el género de la épica social que pensaba De Rokha, pero sí estoy seguro que constituye la continuación de una gesta popular que ahora más que nunca sigue pujando por cambios radicales en un continente castigadísimo por las diferencias sociales, con millones de pobres viviendo en campamentos y aldeas, buscando comida en los vertederos, mientras las transnacionales, mineras sobre todo, sacan de nuestros países millones de dólares en utilidades cada año, tal como lo han hecho desde el colonialismo. ¿Qué ha cambiado entonces en la superestructura? Simplemente las formas de la explotación, hoy respaldada por el alcance nacional de la agenda mediática y su moldeo farandulero de la opinión pública.
Termino encendiendo un cigarrillo y citando un último párrafo de la carta a Alone, que me parece bastante decisivo para pensar en la posición que debe tener el artista frente a la actual coyuntura social que empieza a rodearnos y sobrepasarnos, no sólo en Chile, sino en toda Latinoamérica y el mundo. Dice Pablo De Rokha:
“Se lo juro, Alone, no busco el éxito y me repugnaría desfilar como un mono nacional, besado, aclamado, condecorado, premiado, manoseado; no; mi corazón se opone a eso, Alone, en cambio recibe, agradecido, su rencor infantil de persona muy nerviosa, porque, ¿podría ser de otra manera? No me parece, Díaz Arrieta; porque los dos somos distintos, tanto y cuanto lo son los términos antagónicos de la dialéctica, los contradictorios, y si usted me leyese complaciéndose en leerme, yo no habría logrado lo buscado, peleando con mi destino 40 años tan largos y tan anchos como mi coraje”.
Por Absalón Opazo Moreno.-