Flores negras para Violeta
Todavía me acuerdo cuando por esta fecha la calle, y digo cualquier calle no precisamente ésta, se amontonaba con tambores y bailes, como si Brasil nos hubiera prestado de golpe un pedazo de carnaval, con algunos niños saltando, tocando o bailando al ritmo de la tierra. La gente salía de sus casas para moverse raro al lado de su puerta, a probar nuevos pasos de cumbia, o al menos a ver qué estaba pasando, por qué había tanto ruido. Ahí, entre muchos otros, estaba el Lechuga, ex baterista punk, golpeando el bombo con la destreza de un verdadero brazuca. Era tan lindo estar en esas calles, que daban ganas de haber nacido sambera, más negra y más agil.
En pocos meses ya se habían multiplicado las escuelas de samba y batucada en colegios, centros deportivos y juntas de vecinos. No pasó mucho para que el gobierno de entonces convocara a un primer carnaval cultural en pleno centro de Santiago. Ahí las batucadas que hace semanas eran el mejor recurso para tomarse la calle, se instalaban en la instucionalidad, acomodándose en las filas de la propaganda política y el showbusiness.
Insisto en que debe haber sido más o menos esta misma fecha, porque recuerdo haberme encontrado una noche, por Irarrázaval, con el Lechuga, tocando sus tambores afuera del McDonals, en una campaña de consumo para la Teletón. Me acerqué a saludarlo, pero sobre todo para mirarlo feo, (al Lechuga yo lo quería harto)… “me pagan” dijo.
El problema radica cuando uno está del otro lado, como yo ese día, quizás porque a mí no me pagaban por verlo trabajar para esa empresa horrenda, o simplemente porque al verlo ahí quedaba tan claro que cada vez que algo nos llegara un poquito adentro, donde ellos con sus discursos no podían tocar, iban a comprarlo, a corromperlo o al menos intentarían ocuparlo.
Debe haber sido bakan para el Diego (así se llama el Lechuga) que a esa edad le pagaran por algo que le gustaba tanto. Es buenísimo para cualquiera poder vivir, o aparentar hacerlo, a costa de lo propio. Por eso es tan valioso adjudicarse un fondart para concretar un proyecto con el merecido auspicio patrio, en ese caso – pienso – lo feo está también del otro lado, de donde se ve el logo tricolor, tan cuadradito en el afiche, en la papelería, en los correos electrónicos y en toda la difusión, como obliga el estamento gubernamental, convirtiendo nuestro proyecto en una astilla más del enorme empalme que es la propaganda oficial de turno.
Debe ser lindo para Los Jaivas que su trabajo, ese que huella adentro de la mayoría de nosotros, sea también reconocido por los altos mandos, no sólo del país, sino del universo.
Hoy la Alameda estaba cubierta de pendones, afiches gigantes que propagandeaban un concierto para Violeta, el concierto por lo que averigüé sería gratuito, financiado y auspiciado entre otros por Minera Escondida y la muy Ilustre Municipalidad de Santiago. Debe ser lindo para Francisca Valenzuela, Javiera Parra, Camila Moreno y Alvaro Henríquez, poder tocar en pleno centro de Santiago, homenajeando a una de las mujeres más grosas de la música y el arte, debe ser lindo para la Carmen Romero poder producir estos encuentros multitudinarios de cultura con una convocatoria que en un momento tan delicado para la lucha social, toca el alma.
El costo sólo es esto, un dolorcito leve de pecho que se queda ahí titilando, susurrándote con vocecita aguda que no creas en la canción, en la música y menos en la poesía de nadie. Una que es tan romántica de cantina, se acostumbra a vivir con ese dolorcito, acumulándolo año a año con otras pequeñas decepciones. Y es que el problema insisto, está aca, otra vez el otro lado, desde donde miramos la imagen de la Violeta tan linda a un costado del logo municipal, en la misma callecita que mes a mes se ha llenado de estudiantes, bellísimos estudiantes, exigiendo un mejor país.
Quizás por eso no duele tanto, porque pareciera que el canto de la protesta al menos el de ahora, no está a la venta, no transa, no se agota, no se muere.
No sé si ir a buscar mi entrada a Plaza de Armas, siempre me ha gustado Pedro Aznar, pero no me gustan estos circos, menos a costa de la Parra, y es que quiero seguir creyendo que si ella se presentara hoy sería en medio de la calle, con un megáfono y sus dos manos junto a las manos nuestras, levantadas de este lado, del que se leen los carteles y los pendones de otros que sí dan
conciertos.






